Un Jueves Santo de principios del siglo XX, por Miguel Romero (I)

7 Noviembre 2011, 11:09am

Publicado por Historia de Tobías -

bardo 1 miguel     Una vez vista la crónica del Domingo de Ramos y Miércoles Santo que Miguel Romero describe en su libro Semana Santa de Puente Genil de 1911, nos vamos a detener estos días en el Jueves Santo. El cual, el autor, lo divide en varios apartados, debido a su importancia y extensión. Hoy veremos la parte titulada "Puente Genil despierta", referente a la descripición de la mañana del Día del Amor Fraterno:

 

PUENTE GENIL DESPIERTA

 

     <<Llegó el día más grande y solemne del año; día que este honrado y laborioso pueblo celebra y conmemora sin precedente, poniendo en este gran día todos sus amores y alegrías meridianas, haciéndolo mayor porque pareciéndole corto el tiempo para darle la grandeza que se merece, sin interrupción de la noche lo empalma con el Viernes Santo, hasta la madrugada del Sábado de Gloria, en que rendido por el insomnio, duerme y descansa, resucitanto con Jesucristo el Domingo de Pascua.

 

     La hermosa mañana del Jueves Santo comienza a dar señales de vida más temprano que otras; la sufrida y madrugadora clase obrera que dió tregua ayer tarde a las rudas faenas del campo, talleres y fábricas, hoy, apenas alborea discurre por calles y plazas con limpieza y lujo, pintada en los semblantes la placidez de la apetecida huelga.

 

     Más tarde, los millares de forasteros, nuestros huéspedes, que en estos días nos honran con su agradable visita, sacudiendo la matinal pereza, abandonan el lecho y en unión de los hijos del pueblo con quienes fraternizan, pasean y visitan curiosamente el perímetro de la población, dando animación y vida a los centros de recreo, donde al servirles el aromático café se les explica y comenta el fasto de nuestras celebraciones procesionales.

     La mañana del Jueves Santo madrugan todas las clases sociales, por obligación unas, por devoción otras y por impaciencias y avidez de emociones las más; el pecado de la pereza desaparece como por encanto. Los servicios domésticos se multiplican con los clásicos regalos para obsequiar forasteros e indígenas, los varios y bien sazonados manjares de Viernes, se condimentan para dos días, en virtud a que el Viernes Santo suprímese concinero.

 

     Hay que asistir a los Santos Oficios, y cuando el tableteo de la matraca (sonido a muerto de las campanas) anuncia tristemente la pasión del Señor, es dovota obligación visitar con la familia los Santos Monumentos, quedando por la tarde en libertad para presenciar la salida de los Romanos, y subir de punta en blanco a Santa Catalina a esperar la llegada de la severa procesión de la Vera-Cruz.>>

 

Fuente: Semana Santa de Puente Genil en 1911, Miguel Romero

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