Poesías de verano (VII)... Nubia
NUBIA
Hería la tierra su potencia
al arar los caminos sus dedos,
levantaba una turbia polvareda
su ímpetu y valor aventurero.
Soltaba sus cabellos al sol
mostrando su piel al cielo,
brillaban sus ojos con candor
como dos ascuas de rojo fuego.
Gritaba y agitaba sus fuertes labios
enseñando sus duras manos al aire,
gustaba del verde y tierno pasto
moviendo su cuello con donaire.
¡Que belleza!.¡Que prestancia!.
¡Que agradable paisaje!.
Ver cuerpo de tanta elegancia
y ver tan ceñido su talle.
Paseaba con disciplina extrema
y andaba con tan singular aire,
que parecía una figura Helena
tallada en piedra de jaspe.
Eran sus maneras exquisitas
y su compostura incomparable,
centro de las miradas furtivas
cuerpo de líneas inigualable.
Gustaba de pasear en compañía
sin mostrar ningún cansancio,
enseñaba su vasta simpatía
rozando su frente junto a la mía
y besando mi mano despacio.
Era mi buen amigo Nubia,
impetuoso y dócil rayo,
jamás olvidaré de mi memoria
aquel mes triste de mayo,
cuando a la sombra de una noria
murió y enterré las glorias
que viví junto a mi negro caballo.
Juan Fernando García Arroyo
Junio 1998


