Poesías de Verano (III)... La Represa
Ya está el sol en la calle
y amarillea la avenilla loca,
se torna tostado el valle
surgiendo de los pedregales
el verde que el calor agosta.
Los árboles, de copas espesas,
posan su sombra en el agua
que revoltosa salta la presa,
formando blancas enaguas
que se pierden por sorpresa.
Las aves en su volar infinito
caen empicadas al agua verde,
bebiendo con su vaso-pico
pequeñas gotas que las refresquen.
Un pescador curtido
de piel brillante y morena,
ceba su anzuelo escondido
sentado junto a la arena.
Lo lanza lejos cayendo al agua,
y en el seno del río
a una carpa gigante engaña.
Pica, tira, engarza,
y el pescador contento
tensa su larga caña,
sacando del turbio río
un pez brillante y hermoso
que fuera lucha con brío.
Mientras,
tres chiquillos en calzonas
siguen las huellas pequeñas
de una rata negra pelona:
Va por allí, no por allí,
a tu lado "Tejón",
por el tuyo "Canilla",
¡que se escapa!, ¡que se escapa!,
se escapo entre las piernas
del larguirucho "Bonilla".
Al otro lado, bajo los chopos,
la gente entre risas y fiestas
se refresca y se remoja un poco:
Primero un pie, luego el otro,
el valiente entra de golpe
y el prudente con reposo.
La corriente lenta y sosegada
invita a dejarse acariciar
por sus aguas frescas.
Libélulas de alegres colores
revolotean junto a la orilla,
y una culebra de agua marrón
que nada de maravilla,
asusta con su presencia
a unas alegres chiquillas.
La tarde trae los olores
de la carne a la brasa,
del espetón de sardinas,
del tomate con su sal,
su aceite y su cebolla fina.
A melón recién partido,
a sandias reventonas
a peras, brevas e higos.
Y luego, el aroma a café,
que junto con unos rosquillos
animara la tertulia
donde contar chascarrillos.
Después, la merecida siesta,
a la sombra de un frondoso eucalipto
con el sombrero de paja en la cara
salvándome de los tenaces mosquitos.
El descanso, leve y fugaz
da paso a un nuevo remojón,
la tarde se deja llevar
con los tenues rayos del sol.
La luz como asustada por la luna
deja indefinido el horizonte,
el sol duerme tranquilo en su cuna
y las sombras de la oscura noche
vuelven a meternos en el coche
regresando sin tristeza alguna.
El cansancio nos abraza,
el sueño nos abruma,
el cielo se cuaja de estrellas
blancas como gotas de espuma.
Silencio, luego solo el silencio
invade de nuevo el paisaje,
y la represa con su incesante corriente
queda tranquila y en calma.
Los grillos acompañan el sonido del agua
que descansa de chapoteos y salpicones.
Vuelve a tejer la araña su tela
entre los gruesos troncones
sin miedo a que la rompan
los niños con sus carrerones.
Pero de nuevo será mañana
y el sol estará otra vez en la calle,
cerrara con su calor nuestras ventanas
invitando a que el pueblo calle
y acuda a disfrutar de la presa pontana.
Juan Fernando García Arroyo
Julio 1998


