De todos es conocido y sabido la preparación física y mental que un costalero debe llevar al portar un "paso". De la importancia del ir bien preparado, fajado y vestido para evitar posibles lesiones y daños con el tiempo.
Gracias a Dios, contados son los casos de lesiones o situaciones desagradables debajo de una trabajadera pero... ¿y cuándo un hermano de trabajadera fallece? ¿y cuándo ese fatal desenlace ocurre el mismo día de la Estación de Penitencia?
Aquí en Puente Genil, gracias a Dios, no hemos tenido que lamentar el fallecimiento de un costalero en estas circunstancias; pero sí una situación similar, cuando a 50 metros para en encierro de Ntro. Padre Jesús Preso el Jueves Santo, el hermano que portaba el Estandarte y encabezando el desfile (hermano de la corporación de los siete hermanos Macabeos), se precipitó al suelo, como si de un peso muerto se tratara. Como se dice en el argot, fue una muerte súbita y los servicios sanitarios nada pudieron hacer por él; suspendiéndose el resto del desfile y con todos los mananteros consternados e incrédulos por lo sucedido.
Pero debajo de una trabajadera, quizá el impacto sea mayor, ya que es más el compromiso de unión de un compañero con otro. Y así, un Miércoles Santo de 1986, en el "paso" de Cristo de la Hermandad de San Bernardo de Sevilla, José Portal Navarro, a la altura de la plaza de la Alfalfa, sufrió un paro cardiáco debajo de la trabajera a los cuarenta y dos años de edad. Yo sólo hago pensar en el estado de impacto con el que se quedarían los 29 hermanos restantes que iban portando al Señor. El recorrido de esta hermandad fue suspendido, volviendo a su Templo en silencio. Muchas del mismo día, también suspendieron su recorrido. Por último dejo un preciosa prosa de Antonio García Rodríguez dedicado a este costalero en el cielo:
<< ¡Cómo le llegó la noche aún siendo día! ¡Cómo la sorpresa impuso su hábito de melancolía! Dicen que se presentó hermosa la muerte, que se engalanó para hacer patente su presencia. Dicen que enarboló una sonrisa de victoria para enturbiar el más bello de los sueños, que mostrarse competencia Al que ya la había vencido, enfrentarse al poder que dormía en la cruz. Cuentan que corrió presurosa para turbar la serena musicalidad de la tarde, el rumor cadencioso, que florece en los blancos patios de mármol y cal, de pilastras y geranios, de silencios y susurros, y que se asomaba a los zaguanes cuando Cristo pasaba venciéndola por las lindes del viejo barrio judío.
Cuántas veces transitó aquella misma calle asido de la mano de la mujer que le robó el sueño para hacerlo prisionero en la cárcel de unos ojos, cuántos recuerdos habrán quedado prendido en las rejas de las ventanas donde se asoman monjas de clausuras, siluetas enmarcadas en la memoria de la calle. Cuántos paseos, cuántas conversaciones siguen musitándose por esas mismas calles que fueron testigos de sus últimos esfuerzos, de sus últimas declaraciones de fervor hacia el Cristo que le conocía desde la infancia, del Señor al que tantas veces rezó en el recogimiento claustral de su capilla, Al que se encomendó para poder seguir abrazando al padre que yacía, un día más, en una cama de hospital, a ese Jesús, siempre vivo, siempre atento, que le sorprendía y esperaba con los brazos abiertos para darle su cobijo en el pecho de su amor.
¡Cómo le llegó la noche siendo día! ¡Cómo el zarpazo definitivo le arrancó de cuajo sus ilusiones! Había sido vencida ya la luz de la mañana. Revoloteaba en el aire una brisa festiva que anegaba las casapuertas del viejo arrabal. Nada hacía presagiar el drama. Un aluvión de rostros conocidos deambulaban por las calles buscando el Refugio de unos ojos, ansiada recuperación que la memoria hacía dispersa en la diáspora a la que les habían conferido el tiempo y la despreocupación de otros que dejaron que los años vencieran las casas. Había sones viejos, de brigadas a caballo que volvían del pasado, en cornetas nuevas mariposeando por el aire, anunciando no la muerte del Señor, sino la vida que retornaba, hermosa y precisa, a la calle ancha de San Bernardo. Había repiques de oros bordados, de bambalinas que flirteaban con los balcones abiertos, con la mampostería que saludaban –con honor, respeto y gloria- a la Reina de sus corazones, a La que propiciaba el encuentro de familias y amigos que coincidían en los espacios en los que nacieron y crecieron y ahora retornaban para enaltecer el recuerdo.
¡Cómo le llegó la noche siendo día! Para ahí, gritó alguien de improviso, para ahí, repitió uno de esos que compartían el alma y el sudor bajo las trabajaderas, el esfuerzo sacro de poder sentirse parte de Dios, de redimir penas de amor, de pago de deudas de fervor, de peticiones por otros de su misma sangre y del mismo ser que soñaban ya su procesión hacía el mismo cielo en el que el Cristo de la Salud les espera. Un concilio de costales blancos en el zaguán de una casa de la Alfalfa, un último hálito, una última mirada, mientras el paso se iba llevando con él su alma. Sólo el cielo fue testigo del abrazo del Señor, de una caricia cercana al leño de la Cruz, donde todo se adivina, donde todo se perdona, donde concurre y se juntan las desgracias y las dichas, la sonrisa y el sollozo. Hubo un mar de lágrimas anegando las entrañas de la vieja Alcaicería. Voló la noticia rápida, se esparció el conocimiento de la muerte de José Portal mientras llevaba a su Cristo de la Salud y fue el mismo Señor el que le llevó en las andas de sus brazos, convirtiéndose en costalero del amor que le llegaba.
Hace veinticinco años que San Bernardo se hizo luto, siendo miércoles santo...
¡Cómo le llegó la noche siendo día! ¡Cómo consiguió la gloria, tan de pronto! Siendo costalero de Sevilla.
* A su memoria, a sus hermanos mis amigos.>>
Fuente: Blog Costalero de pellizco